10 Claves de la Educación | Autor: José Ramón Ayllón

Capítulo 3. LA FAMILIA

Me ha correspondido ejercer de padre a tiempo

completo. Lejos de quejarme, confieso que me he

divertido mucho y declaro que estoy muy orgullo-

so de la educación que mis hijos me han dado.

Germán Dehesa

Francis Fukuyama constata que el cambio social que está originando más vivencias traumáticas ha sido el aumento de divorcios y rupturas familiares. Sin embargo, a pesar de la crisis por la que atraviesa, la familia no parece tener alternativa viable: es la institución educativa más sencilla y universal, la más económica y eficaz, y también la única capaz de proporcionar una educación completa. De ella se ha dicho que es el primer y mejor Ministerio de Sanidad, el primer y mejor Ministerio de Educación, el primer y mejor Ministerio de Bienestar Social. Si imaginamos un mundo envuelto en los terrores del Apocalipsis, es seguro que encontraríamos un organismo superviviente: la bacteria; un mamífero con grandes posibilidades de resistir: las ratas; y una institución llamada a construir el nuevo orden: la familia. Por eso, los que se apresuran a firmar su acta de defunción, morirán sin ver cumplido su pronóstico.

Chesterton decía que quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen. Pues, antes que ciudadano, el hombre es miembro de una familia, de la primera y más importante de las formas de convivencia, de la tradición más antigua de nuestra especie. Si la humanidad no se hubiera organizado en familias, tampoco habría podido organizarse en naciones.

Entre los rasgos esenciales de la familia figuran la comunidad de vida, los lazos de sangre, una unión basada en el amor, y tres fines de máxima importancia: proporcionar a sus miembros bienes necesarios para su vida, criar y educar a los hijos, y ser célula de la sociedad. Aristóteles afirma que el ser humano es naturalmente más conyugal que civil presupone las sociedades domésticas. En segundo lugar, porque la generación y crianza de los hijos son más necesarias para la vida humana que los bienes proporcionados por la sociedad.

Sin familia, la especie humana no es viable, ni siquiera biológicamente. Un niño, una anciana, un hombre enfermo, no se valen por sí mismos y necesitan un hogar donde poder vivir, amar y ser amados, alimentados, cuidados. El hombre es un ser familiar precisamente porque nace, crece y muere necesitado. Además, todo hombre es siempre hijo, y esa condición es tan radical como el hecho de ser varón o mujer. Ningún niño nace de una encima, escribió Homero, y tampoco en soledad, sino en los brazos de sus padres: nace para ser hijo.

Razones para la estabilidad. El hecho de ser hombre y mujer hace a los padres naturalmente complementarios: son distintos entre sí, pero mutuamente necesitados desde las profundidades del cuerpo hasta las cimas del alma. Y en su unión familiar; ambos han de aceptar la obligación de un compromiso protector, entre otras cosas porque los hijos necesitan su tiempo, su dinero, su ejemplo, sus conocimientos y sus energías. Aunque hoy se cuestione, la familia aparece como naturalmente estable y monógama, de acuerdo con los sentimientos naturales de sus miembros más débiles: los niños a duras penas soportan la separación de sus padres. La humanidad descubrió muy pronto que el amor, la unión sexual, el nacimiento de un hijo, su crianza y educación, solo son posibles si existe una institución que sancione la unión permanente de un varón y una mujer. La fuerza del impulso sexual es tan grande y la crianza de los hijos tan larga que, si no se logra esa unión con estabilidad y exclusividad, esas funciones se malogran, y la misma sociedad se ve seriamente perjudicada.

Sería equivocado ver la familia como célula de la sociedad tan solo en sentido biológico, pues también lo es en el aspecto social, político, cultural y moral. Virtudes sociales tan importantes como la justicia y el respeto a los demás se aprenden principalmente en su seno, y también el ejercicio humano de la autoridad y su acatamiento. La familia es, por tanto, insustituible desde el punto de vista de la pedagogía social. Su propia travesía, por encima del oleaje de los pequeños o grandes conflictos inevitables, es ya una escuela de esfuerzo y ayuda mutua. En esa escuela se forman los hijos en unos hábitos cuyo campo de aplicación puede fácilmente ampliarse a la convivencia ciudadana. De hecho, la convivencia familiar es una enseñanza incomparablemente superior a la de cualquier razonamiento abstracto sobre tolerancia o la paz social.

Ineficacia del divorcio. Como todo humano, la familia es una organización con defectos reales, y estaría ciego quien no los viera, pero es una ilusión pensar que existen sustitutivos mejores. Es la biología la que obliga a la mujer a descansar tras su maternidad. Es la misma naturaleza la que proporciona a los padres niños muy pequeños, que requieren que se les enseñe no cualquier cosa, sino todas las cosas. Durante décadas, el divorcio se ha recomendado en Norteamérica como panacea para matrimonios mal avenidos. Pero se ha comprobado que el remedio es peor que la enfermedad. Hoy, son los psiquiatras y los psicólogos – especialistas como Paul Pearson o Daniel Goleman – quienes desautorizan el lema <<si su matrimonio no funciona, busque nueva pareja>>. Dicen que ha llegado la hora de sustituirlo por otro más sabio: <<si su matrimonio no funciona, arréglelo>>.

No podemos negar los casos difíciles, los que calificamos como tragedias. En cambio, podemos afirmar que el divorcio no elimina la tragedia. La diferencia consiste en que dentro del matrimonio la tragedia puede estar cargada de sentido, como la de un hombre que cae luchando por su país, o que muere dando testimonio de la verdad. El matrimonio ha sido comparado con la justicia, la libertad, el patriotismo, la democracia o cualquiera de los ideales que, a menudo, han tenido que ser defendidos con las armas en una guerra. Si los hombres siempre han sufrido por conquistar lo que entendían como felicidad, es razonable que ahora haya que sufrir por defender el matrimonio, pues es un ideal y una institución a favor de la libertad de todos.

La estabilidad del matrimonio es una pretensión de estricto sentido común. Así argumenta Chesterton: <<Usted no puede deshacerse de su socio en el negocio porque no le gusta el tono de su voz. Ni puede despedir a un empleado porque no le gusta la forma de su nariz. Pero el pensamiento divorcista propone que la mujer de un hombre esté menos atada a él que su propio socio o cualquiera de sus empleados. Los divorcistas tratan de hacer del matrimonio algo mucho más fácil de disolver que cualquier contrato>>.

William Bennett, desde su amplia experiencia como Secretario de Educación y Comisario Nacional del Plan contra la Droga en Estados Unidos, después de reconocer que <<demasiados chicos norteamericanos son víctimas del fracaso parcial de nuestra cultura, de nuestros valores y de nuestras normas morales>>, llega a la siguiente conclusión: <<Cuando la familia fracasa, tenemos obligación de intentar suplirla con buenas sustitutos, como los orfanatos. Pero nuestras mejores instituciones sustitutivas son, respecto de la familia, lo que un corazón artificial respecto de un corazón auténtico. Puede que funcionen. Incluso puede que funcionen mucho tiempo. Pero nunca serán tan buenas como aquello a los que sustituyen>>.

Una noche se despierta una mujer en cama, ve una luz encendida y lanza la siguiente advertencia: <<¡Mafalda, apaga esa luz y duérmete de una vez, que son las doce y pico!>>. En las viñetas siguientes, la niña obedece y apaga la luz, mientras refunfuña y dice para sí: <<¡Horas extras! ¡Además de ser la madre de una todo el día, encima hace horas extras!>>. Con frecuencia olvidamos que el Estado no es un padre ni una madre, y que por muy poderoso que sea, jamás ha educado a un niño, y nunca lo hará. También se olvida que los niños solo pueden ser educados si sus padres poseen cierta dosis de autoridad y sentido común, si hablan a sus hijos de lo justo y de lo injusto, del bien y del mal.

Espectadores de una crisis familiar sin precedentes, que afecta sobre todo a las democracias occidentales, Bennett y otros muchos analistas sociales llegan de nuevo a una vieja conclusión: que la familia es la más amable de las creaciones humanas, la más delicada mezcla de necesidad y libertad. Solo ella es capaz de transmitir con eficacia valores fundamentales que dan sentido a la vida, y eso la hace especialmente valiosa en un mundo donde quiere dominar el sinsentido.

Un experto: Aquilino Polaino

Doctor en Medicina y Filosofía, Aquilino Polaino es catedrático de Psicopatología en la Universidad Complutense desde 1978. Su celebridad en España y América se la han dado ensayos sobre cuestiones educativas y familiares, una intensa actividad como conferenciante y frecuentes intervenciones en los medios de comunicación. Él mismo nos brinda 10 consejos para que una familia sea familia:

  1. Disponibilidad
  2. Comunicación
  3. Coherencia
  4. Iniciativa y buen humor
  5. Aceptar las limitaciones
  6. Reconocer lo que valen los demás
  7. Educar la libertad
  8. Diseñar un proyecto personal
  9. Metas altas y realistas
  10. Elección de buenos amigos

El primer consejo es la disponibilidad. Consiste en dedicar tiempo – precisamente lo que menos tenemos – a los hijos, a la mujer o al marido. Con los hijos adolescentes, por ejemplo, a veces no vale lo de <<este asunto ya lo hablaremos el sábado con tranquilidad, cariño>>. Porque el sábado, tu hija de 13 años ya se ha podido emborrachar con una amiga para hacer lo que se les ocurra, porque el padre estaba <<deslocalizado>>, como las empresas. Hay que estar disponible, porque hay problemas que solo se arreglan en el momento en que el otro se anima a plantearlo y pide ser escuchado. Recordemos que nuestros padres, al morir; solo nos dejan realmente el tiempo que pasaron con nosotros. Demos tiempo al otro.

El segundo principio es la comunicación, pero en un sentido preciso: que los padres hablen menos y escuchen más. En muchas familias, cuando el padre o la madre dicen <<hijo, tenemos que hablar>>, el chaval piensa <<huy…, malo, malo>>. ¿Por qué? Poruqe sabe que los padres, cuando dicen <<tenemos que hablar>>, quieren decir <<te voy a soltar un discurso por algo que no me ha gustado>>. Esto cambiaria si los padres se hicieran este propósito: dedicar a escuchar el 75 po ciento del tiempo que están con sus hijos, y solo el 25 por ciento a hablar. Escuchar a los hijos (o al cónyuge, a cualquiera) es un esfuerzo activo, que exige soltar el periódico, apagar o bajar el volumen de la televisión, girar la cabeza hacia quien habla, mirar a los ojos. Eso es atención, escucha activa: una forma sencilla e eficaz de educar y lograr la armonía familiar.

Un tercer criterio es la coherencia. Uno es coherente cuando lo que dice responde a lo que hace, y cuando lo que dice y hace responde a lo que piensa. No tiene sentido ordenar a los niños, desde el sofá: << ¡eh, vosotros, ayudad a mamá a recoger la mesa!>>. Primero hay que dar ejemplo. Tú, padre, has de recoger la mesa cinco días seguidos, y el sexto puedes animar a tu hijo y pedirle que te eche una mano. Dos días después puedes elogiar lo bien que recoger la mesa!>>. Primero hay que dar ejemplo. Tú, padre has de recoger la mesa cinco dás seguidos, y el sexto puedes animar a tu hijo y pedirle que te eche una mano. Dos días después puedes elogiar lo bien que recoge la mesa, tan bien que ya puede hacerlo él solo. Así se sentirá orgulloso de realizar esa tarea y aprenderá a exigirse, y eso es mucho mejor que tenerle vigilado todo el día. Un padre que obra así, es motivador, animador y protector al mismo tiempo. Otro ejemplo lo tenemos en el estudio. Constantemente repetimos a los niños que deben estudiar, pero debemos preguntarnos si nos ven a nosotros estudiar, leer revistas de nuestra profesión o ponernos al día en nuestra especialidad. Hemos de poder decir con nuestro ejemplo: <<mirad, hijos, nosotros también estudiamos>>.

En cuarto lugar, iniciativa y buen humor. El buen humor lleva consigo cierto dominio sobre los acontecimientos, que impide venirse abajo ante la adversidad. Cuando no se tiene, todo se ve más difícil y dramático, y el desaliento está llamando a nuestra puerta. Sin alegría refunfuñamos y espantamos, nos quedamos solos y aislados. Con alegría se educa y se hace feliz a mucha gente. La iniciativa es importante para vencer a la rutina, ese peligroso enemigo en las relaciones conyugales y con los hijos. Iniciativa es imaginación y creatividad, para que los mejores momentos sean los que se comparten con la pareja y los hijos. Cuando hay rutina, es más fácil que el marido o la mujer busquen fuera la <<magia>> que no encuentran dentro. Por el contrario, si la pareja va bien, los hijos reciben su <<educación sentimental>> observando simplemente cómo se tratan papá y mamá, viendo que se admiran, se halagan, se miman, son cómplices. <<Cuando sea mayor, trataré a mi mujer como mi padre a mi madre>>, piensan los hijos. Y eso les llena de orgullo y les alegra la vida.

En quinto lugar, el doctor Polaino nos aconseja aceptar las limitaciones. No basta conocer las limitaciones propias y ajenas. Hay que aceptarlas sin dramatizar, sin descalificar a los hijos o al cónyuge: tener defectos no es ser un desastre. Hay que evitar la crítica a los hijos delante de los hermanos, y las comparaciones humillantes: hacen sufrir inútilmente y no estimulan. Echar en cara los defectos no sirve de nada. Es mejor corregir en privado y de forma positiva. Además, la educación de un niño no debe centrarse en la lucha contra un defecto, pues ese niño, además de ser desordenado o perezoso, tiene cualidades estupendas que conviene potenciar: es simpático y generoso, está muy dotado para la música y los idiomas. Con muy poco esfuerzo, podría crecer feliz y hacer felices a los que le rodean.

El sexto consejo es reconocer lo que valen los demás. No tiene sentido llamar <<campeón>> a tu hijo si nunca ha ganado nada, si acaba de perder un partido de fútbol. Pero hay que elogiar lo bien que dibuja o redacta. Un hijo ha de aprender a encajar la frustración y la derrota, acompañado por sus padres. Y ha de saber que todos somos buenos en unas cosas y patosos en otras. <<Hijo, la natación se te da muy bien, pero creo que el fútbol no es lo tuyo>>. Así se verá a sí mismo como una persona valiosa, y al mismo tiempo con realismo.

En séptimo lugar, educarla libertad. El hombre <<es>>, pero nunca <<está hecho>>. No <<hacemos>> con la libertad, aunque también podemos <<deshacernos>>. Uno se hace bueno a medida que va haciendo cosas buenas. ¿Usted quiere ser más simpático? Pues empiece a sonreír, estire un poco los músculos faciales. Primero le saldrá una sonrisilla de conejo, pero no importa: llegará un momento en que los músculos se estirarán con facilidad. La simpatía no se consigue haciendo un máster, sino ejercitándola, con estimaciones que no sean a la baja. Es importante que los hijos entiendan que tienen su propia vida en sus manos, y que hacer cosas buenas les hace buenos, les perfecciona. Esta idea ayuda a tener autonomía y autoestima.

El octavo consejo es diseñar un proyecto personal, pues no irás muy lejos si no sabes a dónde quieres ir. La libertad se ejerce dentro de un proyecto de vida. Aristóteles nos dice que <<vivir como hombres significa elegir un blanco – honor, gloria, riqueza, cultura – y apuntar hacia él con toda la conducta, pues no ordenar la vida a un fin es señal de una gran necedad>>. La vida no es siempre movimiento, sino acciones orientadas a un fin, y ese fin es un norte, una referencia constante, la meta que da sentido a todo lo que hacemos. La falta de un proyecto lleva al abandono, a depender de las circunstancias, a la frustración. En cambio, tener un proyecto obliga a proyectarse, a lanzarse en una dirección, y ayuda a renunciar a otras muchas cosas.

En noveno lugar se nos aconseja tener metas altas y realistas. Nuestro proyecto debe ser ambicioso, para que nos obligue a superarnos y a estar en forma. Al mismo tiempo, nuestras aspiraciones han de ser realizables, a la altura de nuestras capacidades y recursos. Todo el mundo no puede ser atleta olímpico o premio Nobel.

La elección de buenos amigos es el décimo consejo. Con su rica experiencia clínica, el doctor Polaino afirma que el individualismo es el cáncer del siglo XXI. Padres e hijos, jóvenes y adultos estamos atados a máquinas gratificantes, nos estamos acostumbrando a trabajar y a divertirnos en solitario con el DVD y la videoconsola, con internet y la TV. Ese aislamiento va minando la amistad porque no deja tiempo para ella. Además, los amigos comprometen mucho, y al individualista no le gustan los compromisos. Pero la amistad es la más hermosa y necesaria de las relaciones humanas, y por eso necesitamos más que nunca buenos amigos con los que compartir muchas horas, conversaciones sinceras y cercanas, ilusiones y proyectos. Amigos que nos conozcan de verdad, que nos acepten como somos y nos apoyen, que nos enriquezcan y nos ayuden a crecer. <<Seleccionar amigos así, para ti y para los tuyos, es la mejor inversión>>, concluyen Aquilino Polaino.

Una novela de Delibes:

Señora de rojo sobre fondo gris

Un prestigioso pintor – fácil de identificar con el propio novelista. Va desgranando ante su hija mayor sus recuerdos más íntimos. El largo monólogo se centra en dos acontecimientos que ocurrieron al mismo tiempo: el encarcelamiento de esa hija por motivos políticos y, sobre todo, la enfermedad y muerte prematura de su mujer, Ana, a los 48 años. Desde su delicada capacidad para iluminar las vidas de los demás, Ana supo contagiar alegría y plenitud, también entre las zozobras de su enfermedad. Con un estilo limpio y sobrio, Miguel Delibes traza un retrato cumplido de la que fue su esposa, y nos seduce con una hermosa y original historia de amor.

¿Cómo era Ana? Era menuda y morena, muy bien proporcionada. <<Así cumplió 48 años, tan grácil y atractiva como cuando la conocí en el parque, a los dieciséis>>. Tenía un gusto artístico notable y una gran afición a la lectura. Era equilibrada y perspicaz, imaginativa y sensible. <<La zafiedad la humillaba hasta extremos indecibles>>. Sabía disfrutar del presente en toda su intensidad, contagiaba alegría y  <<era imposible sustraerse a su hechizo>>. Por eso, <<cuando ella se apagaba, todo languidecía en torno>>. Al inicio de la novela encontramos una semblanza tan breve como elocuente:

Una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir. ¿Puede decirse de alguien algo más hermoso? Con frecuencia me pregunto de dónde sacaba ella ese tacto para la convivencia, sus originales criterios sobre las cosas, su delicado gusto, su sensibilidad.

Después nos enteramos de otro rasgo atractivo de su personalidad: donde Ana estaba, era el centro, y no por afán de protagonismo y reconocimiento, sino de hacer agradable la vida a los demás. Con una anécdota magnífica, Delibes da cuenta de su admirable capacidad para crear ambientes.

En una fiesta en honor de su marido, en la Universidad de Yale tocó las castañuelas, como en París  aquello adquirió una temperatura altísima. Recuerdo que el profesor Curren, el decano, en tirantes, le preguntó entusiasmado dónde había aprendido y ella se echó a reír: Esto no es tocar las castañuelas, profesor; es solo hacerlas sonar, dijo. Pero el caso es que suenen bien, contestó él. Bueno, eso es tan fácil como silbar El Danubio azul.

La generosidad de Ana se concentraba en el tiempo y el afecto que dedicaba a los más necesitados. Delibes dice que nunca faltaron en su vida viejos solitarios y un poco locos, <<ancianos irreparables, a quienes la insolidaridad de la vida moderna había cogido desprevenidos. Se sentían perdidos en la vorágine de luces y ruidos, y daba la impresión de que ella, como un hada buena, iba tomándolos de la mano, uno a uno, para trasladarlos a la otra orilla>>. Esa misma generosidad le llevaba a la benevolencia, a no molestarse por pequeños o grandes agravios.

Juzgaba a las personas con un criterio primario: decentes o indecentes, pero ser catalogado como indecente suponía únicamente que había perdido su confianza. No iba más allá, era incapaz de rencores; menos aún de rencores vitalicios. La aburrían. Durante los primeros meses de matrimonio, cada vez que discutíamos, se ataba un hilo al dedo meñique para recordar que estábamos enfadados. Luego lo olvidó; llegó a olvidar incluso la razón por la que se había atado el hilo.

Ana se casó muy joven y disfrutó de sus hijos. Por lo que ya sabemos, no nos extraña que supiera ser amiga de ellos en la siempre difícil adolescencia.

Mientras erais bebés pasada las horas muertas con vosotros en brazos, dibujaba con un dedo vuestros bostezos, las húmedas boquitas, y os estrechaba contra su regazo como si pretendiese meteros dentro de su cuerpo otra vez. Literalmente se conmovía, se le humedecían los ojos. Sin embargo, cuando crecíais y a mí empezabais a divertirme, a ella dejabais de fascinarla, disminuía la tracción que sentían por vosotros. No es que se distanciara, pero os veías suficientes, sin una necesidad imperiosa de ella. Esta actitud volvía a cambiar cuando a los varones les apuntaba el bigote, se les rompía la voz con los primeros gallos y las niñas os desarrollabais. Diríase que revivía en vosotros su adolescencia, los rebuscados problemas de la pubertad este proceso del desarrollo lo vivía de cerca, emocionalmente, y es cuando empezaba a anudarse entre vosotros una relación que se hacía especialmente intensa al aproximarse la hora de la separación.

Después llegó la primera nieta, y esto revolucionó a su abuela. Su marido y novelista nos hace saber que <<una vez que la niña nació se hizo ya imposible contar con ella. Cualquier motivo era bueno para desplazarse a Madrid. Su debilidad por los bebés aumentaba con la edad: Compréndeme, decía, diez años sin tener en brazos un bebé>>. Y así, <<cada mañana, al abrir los ojos, se preguntaba: ¿Por qué estoy contenta? E inmediatamente, se sonreía a sí misma y se decía: Tengo una nieta>>. Estaba orgullosa de ser abuela y paladeaba esa palabra como un caramelo. Por uno de esos imprevistos avatares de la vida, la nieta tuvo que irse a vivir con ella cuando metieron en la cárcel a sus padres, y a los pocos meses diagnosticaron un cáncer a la abuela. En medio de los sinsabores de la enfermedad, ingresada en una clínica de Madrid, la visita de la niña la hacía feliz.

Apenas podía hablar, deseaba estar sola, pero la irrupción de la niña la animaba. Después de verla corretear, nos pedía que descorriéramos las cortinas y se le acercáramos. La analizaba facción por facción, y en esa inspección se olvidaba del dolor de cabeza, del aire estancado en su cerebro. Desde que nació sintió pasión por la pequeña. Y la noche que os detuvieron a Leo y a ti tuvo miedo, temió que su devoción la desbordase, que un celo excesivo pudiera perjudicarla. Se esforzaba en controlarse, en no exteriorizar ternura, en dominar sus emociones. Si su madre no sale pronto de la cárcel sabe Dios qué va a ser de esta criatura, decía con frecuencia.

Sabemos que la institución familiar es la más amable y necesaria de las creaciones humanas. Por su atractivo protagonismo en todas sus páginas, Señora de rojo sobre fondo gris es un canto a la familia y una profunda lección de humanismo.

Bibliografía

Ayllón J. R. (2009) 10 Claves de la Educación. Editorial Palabra. Madrid.

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